Evaluación Escolar de Artes Visuales: ¿Cómo dar respuesta a la diversidad educativa en el contexto chileno de hoy?

Mucho se ha escrito acerca del cambio que la educación necesita experimentar a nivel mundial, cambio que alude a una visión social y humanista del aprendizaje y de los conocimientos, dejando atrás aquellos modelos de competitividad creados bajo mentes neoliberales. Para varios Finlandia es un ejemplo a seguir -principalmente por el prestigio que adquiere la figura del docente dentro de esta sociedad, por el uso del método científico en todas las disciplinas por parte de los estudiantes y por el constante diálogo participativo entre los agentes de la educación, fuera y dentro de la sala de clases-. Lamentablemente esta transformación se ha expandido sólo hacia algunos países, pues el sistema educacional –y político- de la mayoría choca con estos ideales, dificultando con creces cualquier intento de escolaridad integral que pretenda no calificar los procesos educativos de los estudiantes hasta una edad avanzada. Ante tanta insistencia del gremio y de pensadores, ante tantas nuevas herramientas y métodos facilitadores de planificación, ante tantas propuestas concretas de evaluación en las diferentes actividades y clases, parece sencillo sembrar la semilla de transformación, pero considerando las conversaciones que he mantenido los últimos años con profesores y estudiantes de distintos niveles, me pregunto entonces ¿por qué la educación artística Chilena está tan empobrecida?, ¿por qué se siguen calificando procesos en vez de evaluarlos?, ¿por qué nos emocionamos tanto cuando aparece una noticia que habla de lo “didáctico” que es un profesor al hacer su clase?
Creo sinceramente que como sociedad chilena actual tenemos un gran problema: la educación no es nuestra prioridad. Es una aseveración fuerte de mi parte, pero tengo ejemplos que introducen a mis argumentos. Algunos de ellos son: 1) La Presidenta anuncia la gratuidad en la educación, comienza a operar e inmediatamente aparecen los primeros problemas entre beneficiados de ésta y otras becas -excluyendo todo el problema que ya se arrastra con los créditos-; 2) todavía el MINEDUC sigue rechazando su responsabilidad en cuanto a la des-municipalización de tantos establecimientos en el país, dejando en manos de la municipalidad la repartición de dinero y cuanto de este fondo se destina en educación propiamente tal; 3) los apoderados y los alumnos pocas veces conversan entre ellos acerca de cuál establecimiento les parece el más adecuado, quedando esta decisión en manos de los padres la mayoría de las veces, pues con 6 años de edad no se concibe que un niño tenga una opinión válida sobre su futuro escolar; 4) se plantean lineamientos sumamente poéticos en el currículo que dejan las puertas abiertas a que los docentes los interpreten de diversas formas –muchas veces erróneas- y que, dependiendo del establecimiento y sus sostenedores, pueden ser o no considerados a la hora de planificar el año en curso. Aquí tenemos sola, burda y superficialmente cuatro casos que relaciono con la idea expuesta anteriormente, y entre ellos aparecen capas de acción muy diferentes: el poder ejecutivo y el poder legislador; un ministerio, las municipalidades y los sostenedores; apoderados y estudiantes; la labor docente. Todo aquello no es más que una realidad con la que los profesores en formación –tal es mi caso- tenemos que trabajar de manera reflexiva, crítica y propositiva, independiente de la disciplina a la que uno pertenezca.
Si reduzco mi campo de visión respecto al colegio donde estoy realizando mi práctica –municipal, técnico profesional-, y agrego también el filtro de la observación de la clase de artes, debo decir que todos los síntomas de la patología educativa que describe Santos respecto a las evaluaciones calzan a la perfección[1]. Como ya mencioné en una clase anterior, partí mis observaciones de la mano de un profesor recién titulado de pedagogía en artes que se encontraba realizando una “evaluación diagnóstica” para conocer el estado de conocimientos y aprendizajes de los jóvenes con los que trabajaría el resto del año. La primera impresión que tuve fue que era una buena estrategia evaluativa, pero cuando lo socialicé en las clases de la universidad, comprendí que sólo eran buenas intenciones de parte suya y que lamentablemente era una práctica muy poco coherente con el contexto y la situación. Digo esto porque los criterios con los que evaluaba el trabajo que les había pedido a sus estudiantes -hacer un autorretrato en acuarela- eran 1) Proporción, 2) Observación y análisis, 3) Oficio, criterios que además les asignaba un puntaje máximo, lo que demuestra la incongruencia de pretender diagnosticar y calificar un diagnóstico en base a un número, una nota. Se supone que una evaluación de estas características se realiza con el fin de que el alumno tome conciencia de su punto de partida y que el profesor pueda adecuar su planificación respecto a los resultados obtenidos, no con el fin de poder tener una primera nota de un trabajo sólo para poder rellenar el libro de clases desde ya y evitar a futuro “no tener de donde sacar una” para cuando deban ser entregadas a los apoderados en las reuniones –situación vivida el último día de observación con este mismo profesor-. De retroalimentación ni hablar, pues cuando les entregó las notas a sus estudiantes –mucho antes de la reunión de apoderados- ninguno hizo alguna pregunta al otro ni dijo alguna palabra. Para mí, ese gesto y ese momento, fue de un mecanicismo absoluto que refleja nuestra habitual y viciosa conducta de exigir y cumplir con el otro –que evidencia la verticalidad en todos sus sentidos-. Creo que el profesor pasó por alto el cuestionamiento que debe hacer de sí mismo respecto a sus clases y la orgánica de éstas y de los pares que le anteceden y cómo éstos llevaban el ritmo de la clase con sus estudiantes.
Retomando un punto anterior acerca del currículo de artes visuales y la evaluación de esta área en la escuela -principalmente al intento de los futuros y emergentes docentes artísticos de aterrizar las teorías pedagógicas en boga y las aspiraciones personales-, las estrategias propuestas por Eisner, Gardner y Ross analizadas por Errázuriz[2], por muy aceptadas, correctas, singulares y sencillas que puedan parecer aplicar, nos plantean también nuevos desafíos. El más importante de ellos a mi parecer es decidir con cuál de estas tres formas de concretar la evaluación de artes nos sentimos más identificados, o con cuales rasgos específicos de cada propuesta podemos generar una nueva forma de evaluación que sea coherente consigo misma y con nosotros. Ante la diversidad de escenarios teóricos facilitados por pensadores como éstos y la diversidad de escenarios prácticos existentes en la educación chilena, saber qué tomar y qué dejar se complica enormemente. Respecto a Ross, creo que la autoevaluación es una de las mejores maneras de conocer –tanto profesor como alumno- el proceso que se está llevando a cabo, pero no es la única forma de evaluar, pues la educación artística debería tener objetivos que van más allá de la expresión subjetiva y la experimentación afectiva-emocional. De hecho reconoce un mundo público del que los sujetos somos parte, independiente de nuestra edad, pero me parece incorrecto que plantee que el arte en la escuela deba negar la condición pública que pudieran reflejar los trabajos de los alumnos, pues todos estamos inmersos en este espacio tan estimulante e influyente y arrastramos de él un montón de experiencias que se reflejan en los trabajos personales. Por otro lado, Gardner amplía esta dimensión personal del arte poniéndola en contacto con la sociedad y la cultura, y establece el uso del lenguaje simbólico en la producción artística en tres etapas y formas. La última de ellas (adolescente-relativista) es con la que me encuentro todas las semanas en el centro de práctica, y logro comprobar a través de la observación y el diálogo los distintos niveles de profundidad en el manejo simbólico que expresan las creaciones artísticas de los estudiantes. De lo que Gardner propone en cuanto a la evaluación de esta etapa, me parece apropiado destacar la importancia de no estandarizar, de velar por una evaluación en sintonía con el proceso que cada alumno lleva de su trabajo, pero esta idea queda a punto de ser descartada si pienso en aterrizarla en un contexto tan difícil como del que soy parte, pues evaluar de diferente manera a los casi 60 alumnos que conozco -que son sólo la mitad de los estudiantes de mi profesor guía en ese colegio- sería un desgaste adicional al que el docente ya carga. Por último está la propuesta de Eisner, que considera el contexto del sujeto como parte esencial de éste y sus creaciones. Esta me parece la estrategia más apropiada para evaluar, ya que involucra un concepto que hasta ahora los otros dos autores no consideraron: la historia. Uno puede crear a partir de su emotividad, del contacto que tiene con la sociedad, pero por sobre todo de los factores que nos permiten existir en un tiempo y espacio específicos, ya que nos sujetarán a una visión de mundo particular y diferenciada del resto de las personas. Además, posiciona al arte al mismo nivel que otras áreas del conocimiento, lo vincula constantemente con el uso del lenguaje y distingue entre evaluación, examen y puntuación. La única forma de evaluar que yo no llevaría a la práctica en mi futura labor docente, y que es la misma con la que Eisner está en desacuerdo, sería el de situar al estudiante respecto a su curso, pues evaluarlo de esta forma sería incurrir en una desmotivación de gran cantidad de personas que se ubiquen bajo un umbral.



La primera fila son notas sobre 6,0
La segunda fila son notas bajo 5,0

De acuerdo a lo expuesto en el ensayo, se hace evidente mi disposición a evaluar los trabajos artísticos de los estudiantes, ya sea bajo unos u otros términos, pero es una tarea inconclusa que todavía debo reflexionar si quiero ejercerla en mi futuro, pues es necesario tener una herramienta sustentada y congruente si quiero concretar mis deseos de concientizar a los estudiantes de sus avances, sus cambios, su relación con aquello que les rodea. Es pertinente entonces evaluar constantemente los procesos que cada sujeto lleva de sí mismo, independiente si se enmarcan en lo escolar y /o en el arte, si se trata de una u otra edad. La evaluación no es más que llevar a este campo específico el mismo ejercicio de cuestionarse y aclarar cosas. Cada uno de nosotros como estudiantes de pedagogía y próximos profesores tendremos que mediar entre las propuestas y la realidad de acción, tener pleno conocimiento de nuestras capacidades y de nuestro margen de trabajo para poder fomentar una clase en base al desarrollo crítico. No se debe implantar un ideal educativo en una clase como si se tratase de un paquete de medidas de emergencia, porque seguramente será mal recibido y nos sentiremos frustrados. Requisito mínimo es sumergirse en la observación y en el análisis de lo que pase en las diferentes esferas de la educación, ya que así nos encaminaremos a generar el cambio que tanto anhelamos. Hay que saber que esta postura humanista, social, también se asemeja a una doctrina –no en el sentido negativo que suele atribuírsele a este concepto-, y que dentro de ésta habrá quienes se sientan a gusto y otros que no. Todas estas aristas serán objeto de trabajo para el docente que realmente tenga vocación por lo que hace, y las considerará para su quehacer más próximo. El diálogo, la retroalimentación y el sentido de las clases, tanto para el docente como para los estudiantes, debe construirse en conjunto, porque si no, estaríamos reproduciendo y perpetuando las prácticas que enajenan y alienan nuestra identidad. La realidad educativa en la que vamos a  incidir el día de mañana está esperando que nos retractemos, y hará su máximo esfuerzo por disuadirnos de nuestras proyecciones. El desafío está en buscar y elegir los recursos, en discutir y en organizar, y comprender de antemano que no estamos solos, que tenemos el potencial y que entre toda la adversidad siempre existen oportunidades de lucha.


Referencias

Errázuriz, L. H. (2002). Cómo evaluar el arte? Evaluación de la Enseñanza de las Artes Visuales a Nivel Escolar: Prácticas, Mitos y Teorías. Santiago: Ministerio de Educación.
Santos, M. A. (1988). Patología general de la evaluación educativa. Málaga.




[1] (Santos, 1988)
[2] (Errázuriz, 2002)

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