¿Cómo me evaluaban en el colegio?

Partiendo del hecho de que estuve 12 años de mi vida estudiando en el mismo colegio católico (salesiano) de mujeres, puedo decir que el proceso de construcción de mi persona se vio enormemente influido por la enseñanza religiosa que mis papas decidieron para mí, lo que no debe entenderse como un fanatismo de ellos ni nada similar, sino como una afinidad que sintieron respecto a la formación que el colegio y sus estamentos pretenden instalar y/o potenciar en sus alumnas. En una primera instancia, me hace sentido cuando Foucault dice: “La escuela cristiana no debe simplemente formar niños dóciles; debe también permitir vigilar a los padres, informarse de su modo de vida, de sus recursos, de su piedad, de sus costumbres.” Mi madre era la que más presión sentía de parte del colegio, por lo que estaba preocupada siempre de participar en las actividades como misas, feria de las pulgas, bingos, peñas folclóricas; creía que siendo activa en las actividades del colegio, podría generar una mejor imagen de nuestra familia ante el resto de la comunidad educativa. Sentía que, el único momento de aquellos en los que podía ser un poco más “natural” era en las reuniones de apoderado (en las que también era parte de la directiva), y podía expresar su opinión en un ambiente que le generaba un poco más de comodidad y confianza. Ese afán de mi madre por la imagen de nuestra familia y la mía en particular frente a los otros unido a la característica de “observatorio social” que es el colegio según Foucault, me permite entender mejor cómo es que el colegio me fue disciplinando durante esos años. La idea del libro de clases es esencial para comprender este fenómeno, pues consiste en un registro no sólo cuantitativo (asistencia, notas) sino también cualitativo (comportamiento durante clases y diferentes instancias de participación) del cual muchos profesores se hicieron una idea de lo que yo era capaz de hacer y de lo que no, y cómo sacar partido de eso. En mi colegio era una herramienta de evaluación de peso, porque todos los profesores escribían anotaciones de sus alumnas en sus hojas de vida, fuesen negativas o positivas, e iban dando una idea al resto de los profesores del comportamiento de las estudiantes. Yo creo que fueron esas anotaciones las que repercutieron en la decisión de los adultos (tanto en el colegio como en mi casa) de guiarme por el camino del “buen líder”. Me invitaban a instancias de reflexión y trabajo que fueron puliendo y enderezando mi conducta de modo que lograse cumplir con los objetivos propuestos: un líder es carismático, sabe designar y distribuir las tareas con el grupo, sabe reconocer y trabajar sus fortalezas, oportunidades, debilidades y amenazas. Asistir y participar de estas actividades me diferenció del resto de mis compañeras, me hizo encajar en el ideal de señorita bien educada que el colegio se jactaba de tener, con el modelo de un buen ejemplo para las más pequeñas. Lo único que “opacaba” la opinión de algunos profesores respecto a mi conducta, era mi presentación personal: era demasiado llamativo llevar piercings y pelo teñido de color rojo, usar jumper un poco más corto y bolsos de colores, llevar el pelo suelto y no tomado, preferir vestir extravagante en vez de jeans y polera; y eso no era bien visto de una señorita. Esa fue la mejor forma que encontré para expresarles a todos que no hay que dejarse guiar por las apariencias, y que hay cosas que escapan al control de los demás sobre ti.

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