Currículo de Artes Visuales en la educación chilena

Esta fue la primera evaluación que tuve en la asignatura de Currículo, la cual realicé con mi compañero Daniel Castro. La evaluación consiste en desarrollar dos argumentos que a nuestro juicio pueden ser observados hoy en el aula, que han caracterizado la institucionalización de la enseñanza de las artes en la escuela chilena.

La disciplina que actualmente lleva por nombre “Artes Visuales” tiene una larga data en la historia de la institucionalización de esta práctica en la escuela chilena. En un principio la clase de “Dibujo” fue considerada una herramienta al servicio de la economía, la industria, la agricultura y, en general, del desarrollo del país que recientemente se independizaba. En ese entonces solo algunos tenían acceso a recibir educación. A medida que el país se asentaba, el dibujo permanecía ligado fuertemente a planes matemáticos (Varas, instituto nacional), aunque también existía la posibilidad para que personas de no muchos recursos pudieran estudiar a través de clases que diferentes cofradías religiosas impartían en la capital.

En estos lugares de estudios el dibujo tenía un enfoque positivista que se caracterizaba por los contenidos clásicos de las bellas artes traídos por personajes ilustres provenientes de Europa o estados unidos, en donde todos los estudiantes seguían el mismo método.
 Éste enfoque fue influencia del gobierno de Balmaceda y de sus planteamientos políticos, los que proponían  un nuevo método de enseñanza del dibujo (método krusi) que consistía en “alcanzar cierta destreza en la imitación de la forma”[1]. En una de nuestras prácticas, uno de nosotros pudo presenciar en el aula cómo los alumnos “aprendían perspectiva” copiando una imagen proyectada. En ésta práctica el profesor limitaba la experimentación que cada uno de ellos puede tener, lo que afirma el hecho de que hoy en la sala de clases algunos profesores perpetúan técnicas ligadas al modelo pedagógico tradicional (el maestro transmite los conocimientos al aprendiz quien reproduce pero no propone) surgido a finales del siglo XIX.
Las clases de arte que en la actualidad se imparten en los colegios utilizan exponentes de ciertos movimientos o expresiones artísticas como una meta a alcanzar y no como referentes. Esto quiere decir que cuando los niños conocen a Picasso  o Da Vinci, creen que no pintan bien, porque no pintan como ellos, y al creer que no son “talentosos” se refugian en la idea de que su talento está ligado a la creatividad, por lo tanto no son creativos. Esto se contrasta con los objetivos que se platean para la educación básica o primaria, los cuales tienen como misión permitir al sujeto en formación conocer y desarrollar sus habilidades para posteriormente poder vincularlas a los conocimientos artísticos que el profesor le enseña, pues, la realidad demuestra un constante desinterés de la disciplina artística de parte de las autoridades correspondientes, relegándola a un segundo plano respecto a las otras materias que existen en la escuela. Estas autoridades no son conscientes del peso de las reflexiones que los estudiantes realizan en sus diferentes actividades, trayendo como consecuencia que en la educación media o secundaria ésta subjetividad que se debía haber desarrollado anteriormente, choque con las pretensiones de los nuevos contenidos, que exigen en ellos una subjetividad desarrollada en profundidad.

En el aula dentro de una actividad de dibujo, los niños muestran cierto miedo a que su dibujo sea “feo” o a exponer frente a sus compañeros. Éstas son dos consecuencias que surgen a raíz de no creerse capaces de hacerlo, ya que existe un descalce entre la educación básica y media, que no tiene una continuidad. En el fondo, son 2 enfoques diferentes correspondientes a 2 etapas diferentes del sujeto, como si el sujeto se estructurara por niveles y no por procesos.

Podemos corroborar en base a nuestra experiencia, que el currículo de artes visuales en la educación chilena se ha ido conformando mediante influencias elitistas que provienen del extranjero y exaltan los gustos por un arte que no tiene nada que ver con la realidad que se vive en el país. Por eso los niños en la sala de clases no critican ni opinan, y prefieren refugiarse en su propio habitus y no en el que el currículo pretende imponerles, que en gran medida les es ajeno.
El positivismo y una enseñanza fragmentada son parte de la cotidianidad de muchos estudiantes chilenos en los cuales nosotros como docentes queremos influir, y serán dos problemas constantes con los cuales nos vamos a encontrar en el desarrollo de nuestra profesión. Para poder mejorar esta situación, hay que estar abierto a las experiencias que surjan de la convivencia con los diferentes actores de la educación, pues así podremos entender y cambiar la educación pensada por y para la élite.



[1] El currículo de artes visuales en la educación chilena. (p3)

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